Actividad 19
Julio Cortázar
Y sí, parece que es así, que te has ido diciendo no sé qué cosa, que te ibas a tirar al Sena, algo por el estilo, una de esas frases de plena noche, mezcladas de sábana y boca pastosa, casi siempre en la oscuridad o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo del que apenas escucha, porque hace tanto que apenas te escucho cuando dices cosas así, eso viene del otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez me tira hacia abajo. Entonces está bien, qué me importa si te has ido, si te has ahogado o todavía andas por los muelles mirando el agua, y además no es cierto porque estás aquí dormida y respirando entrecortadamente, pero entonces no te has ido cuando te fuiste en algún momento de la noche antes de que yo me perdiera en el sueño, porque te habías ido diciendo alguna cosa, que te ibas a ahogar en el Sena, o sea que has tenido miedo, has renunciado y de golpe estás ahí casi tocándome, y te mueves ondulando como si algo trabajara suavemente en tu sueño, como si de verdad soñaras que has salido y que después de todo llegaste a los muelles y te tiraste al agua. Así una vez más, para dormir después con la cara empapada de un llanto estúpido, hasta las once de la mañana, la hora en que traen el diario con las noticias de los que se han ahogado de veras.
Me das risa, pobre. Tus determinaciones
trágicas, esa manera de andar golpeando las puertas como una actriz de tournées
de provincia, uno se pregunta si realmente crees en tus amenazas, tus chantajes
repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas de lágrimas y ajetivos y
recuentos.
Merecerías a alguien más dotado que yo
para que te diera la réplica, entonces se vería alzarse a la pareja perfecta,
con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los
ojos para asegurarse el aplazamiento más precario, para sobrevivir todavía y
volver a empezar y perseguir inagotablemente su verdad de terreno baldío y
fondo de cacerola. Pero ya ves, escojo el silencio, enciendo un cigarrillo y te
escucho hablar, te escucho quejarte (con razón, pero qué puedo hacerle), o lo
que es todavía mejor me voy quedando dormido, arrullado casi por tus
imprecaciones previsibles, con los ojos entrecerrados mezclo todavía por un
rato las primeras ráfagas de los sueños con tus gestos de camisón rídiculo bajo
la luz de la araña que nos regalaron cuando nos casamos, y creo que al final me
duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte más aprovechable de
tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los
labios lívidos de cólera. Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a
nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme.
Pero si es así me pregunto qué estás
haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la otra más vasta y más
huyente. Ahora resulta que duermes, que de cuando en cuando mueves una pierna
que va cambiando el dibujo de la sábana, pareces enojada por alguna cosa, no
demasiado enojada, es como un cansancio amargo, tus labios esbozan una mueca de
desprecio, dejan escapar el aire entrecortadamente, lo recogen a bocanadas
breves, y creo que si no estaría tan exasperado por tus falsas amenazas
admitiría que eres otra vez hermosa, como si el sueño te devolviera un poco de
mi lado donde el deseo es posible y hasta reconciliación o nuevo plazo, algo
menos turbio que este amanecer donde empiezan a rodar los primeros carros y los
gallos abominablemente desnudan su horrenda servidumbre. No sé, ya ni siquiera
tiene sentido preguntar otra vez si en algún momento te habías ido, si eras tú
la que golpeó la puerta al salir en el instante mismo en que yo resbalaba al
olvido, y a lo mejor es por eso que prefiero tocarte, no porque dude de que
estés ahí, probablemente en ningún momento te fuiste del cuarto, quizá un golpe
de viento cerró la puerta, soñé que te habías ido mientras tú, creyéndome
despierto, me gritabas tu amenaza desde los pies de la cama. No es por eso que
te toco, en la penumbra verde del amanecer es casi dulce pasar una mano por ese
hombro que se estremece y me rechaza. Mi
corazón grita que te necesita, que te ama, que nunca dejó de quererte, pero es
inútil, tú te has ido para no regresar nunca más. ¿Sabes?... Aun no te olvido,
de pronto siento unas inmensas ganas de llorar, de abrazarte, de llenarte de
caricias, dime ¿qué hago sin ti? ¿qué hago para olvidarte? Para olvidar y
acabar con todo este inmenso amor, tu silueta no me sirve de nada porque de
nada sirve imaginarte, nunca nunca te cambiaré. Aun recuerdo cuando corríamos
por el jardín lleno de hermosas flores, las cuales no sobrepasaban tu belleza.
Es bonito pero aterrador pensarte, imaginarte. Ahora me encuentro en mi
cama sentado, ahogado en mí soledad y tristeza, con ello pasa el tiempo y sé
que algún día volveré a ver tus hermosos ojos y tocar tus suaves mejillas, cada
segundo cada minuto cada hora estoy más seguro de que vivir sin ti me hace
daño.
Buena organzación, cumple con las características, muy bien Gracy
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